Singular es el pensamiento en torno a la guarida. Todos los hombres buscan su pequeño o amplio refugio en los laberintos del mundo. Algunos lo encuentran en espacios cerrados, en su habitación o en interiores protegidos por el calor de una chimenea o una manta. He ahí a Marcel Proust acosado por constantes alergias, en cuya habitación emprendía los más sorprendentes y minuciosos viajes. Otros, hacen de la multitud citadina, su espacio de recogimiento como el hombre de la multitud de Edgar Allan Poe o Walter Benjamin regocijado en sus caminatas en los Pasajes parisinos. Algunos más, encuentran refugio en las correspondencias simbólicas del infinito: Baudelaire, o en las letanías inaudibles de los ángeles: Rilke. Otros construyen madrigueras: Kafka. Y están los que, arrobados por la presencia de lo divino, se cobijan en el diálogo con Dios: San Juan de la Cruz, Santa Teresa.
Protegerse en una mañana soleada, en una caminata, en la conversación con las personas del barrio: ése es el camino sugerido por el paseante de Robert Walser. Pequeño libro de armonías. El paseo es una caminata singular que el lector emprende placenteramente a lo largo del trayecto sugerido por el narrador. Nos encontramos allí, disueltos, entregados, dominados por los detalles del paisaje y sus insignificancias. Construimos entonces una guarida. Refugio protegido por sastres molestos, cantantes de ópera en ciernes, mujeres hermosas que, a su vez, pasean; árboles mágicos y gigantes imaginarios. Vida. El paseo es un homenaje a lo vivo, a aquello que niega el capital con sus grandes aspiraciones de progreso y de velocidad. Apología de la demora, del contemplar activo, del abandonarse.
El pensamiento de la guarida nos sumerge, a la vez, en el de la multiplicidad. Contra el tiempo cronológico, el paseante consigue abolir el tiempo, desaparecerlo. Y tal y como Benjamin, lector apasionado de Walser, advierte con respecto al flâneur, en el paseo se es capaz de abolir el pasado individual para fundirnos en el pasado colectivo. La aparente ociosidad del paseante es, en realidad, un ejercicio del pensamiento que busca lo auténticamente distinto para encontrar, por fin, la semejanza. Ésta es, justamente, la propuesta de Walser: “[al que pasea] espíritu, entrega y fidelidad lo satisfacen y lo elevan sobre su propia e insignificante persona de paseante, que con demasiada frecuencia tiene reputación de vagabundeo e inútil pérdida de tiempo.” (Walser. El paseo. p. 54.) Ociosidad activa, productiva; allí donde la cultura a veces resulta incapaz de mirar, se abre un universo de posibilidades; conexiones que sólo el poeta es capaz de develar con el pensamiento despierto, para después escribir. Pasear es una oportunidad para mirar el mundo con calidez, como si el viento nos acariciara mientras caminamos sobre el asfalto despreocupado ante el transcurrir. El paseante, sumergido en la inocencia de sus caminatas sin destino, no construye edificios de conceptos porque no es el filósofo que busca las pistas y las huellas de aquello que devela las cosas; él, en cambio, se abandona a ellas, deja de pertenecer a sí mismo, contempla con incredulidad el entorno y nada en las aguas serenas de su mirada abstraída. En ello, no obstante, se juegan sus más profundas intuiciones, pues a través de su vagabundeo conseguirá sorprender a los auténticos pensamientos, a las más hondas profecías que quizá tengan lugar, después, en la escritura.
El paseante es un viajero disfrazado, aquel que se entrega a lo tornadizo, aquel que renuncia al orden y que construye, en el desorden de las cosas, un trayecto gozoso que nunca se agota. El libro de Walser nos transforma porque nuestra mirada del mundo, al terminar de leer, se encuentra contaminada por la alegría de no pertenecer, de no sucumbir a los caminos trazados. En éste, además, nos abandonamos y somos capaces, a través de lo otro, de lo ajeno, de apropiarnos de una mirada distinta. He ahí la guarida: allí donde soy capaz de decir él digo yo. Justamente, cuando el reloj infamado por el transcurso, por la progresión, por la muerte en suma, se detiene un instante y por tanto, todo es posible porque todo lo reunido, lo pensado, lo escrito, es un poco nuestra voz, nuestra propia mirada.
El paseo es un libro sobre el exterior que irremisiblemente nos retrae a un interior: en éste, nuestras calles predilectas son como una habitación o una cocina. Entonces una enorme plaza puede despertar esas fantasías que guardábamos desde la niñez. Singular es el pensamiento de la guarida, porque en toda guarida escribimos nuestro nombre, porque en ellas, descansa y persiste nuestra huella, aunque éstas sean etéreas y nadie más pueda percibirlas. Es posible que se escriba, pero todo lo escrito, como esos paseos matutinos o nocturnos que emprendemos a veces, nos harán desaparecer y desvanecernos, porque al pasear, al escribir, ya somos Otro. Apacible pensamiento de la desaparición, de la evanescencia.
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Ingrid Solana nasceu em Oaxaca (México), em 1980. É poeta, prosadora e ensaísta. Publicou os livros de poemas De Tiranos (2007) e Contramundos (2009). Atualmente, é bolsista da Fundación para las Letras Mexicanas, onde prepara um livro de ensaios sobre literatura.
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