Circunda a la poesía el trazo del silencio. Un enmudecimiento franquea las puertas del límite. No hay límites en el silencio o, quizá, hay un límite que roza lo infinito, que suspende las palabras en el aire, conectadas con el vacío que las abre para horadar todo tiempo y todo espacio. La poesía es silencio, música que retuerce los versos en lo no-dicho y en lo que está por decir. El silencio poético es muy semejante al silencio del otro que nos devela su profundidad y su íntima mirada en una simple conversación. Con la poesía también se conversa y ella también decide callar y enmudecer.
Hablar de la música y de la poesía nos remite al ritmo cadencioso de los espacios vacíos entre los versos, intersticios en los que respiran las palabras; momento e instante en el que se extingue el significado: tal vez aparece allí la muerte, la auténtica, como dice Maurice Blanchot. Lo lejano proviene del silencio. Una montaña que respira a lo lejos, un pájaro que trina en una rama alta, la hoja de un árbol movida por el aire. El silencio por lo mínimo: una persona mirando sobre un puente, una sonrisa, una lágrima. Expresiones sin habla. La palabra, al contrario, habla en la escritura, es descarga de significación. Nos habla porque no la dejamos callar, porque no la silencia la pluma que la reescribe o el ojo atento que la escruta al leer. Pero como los átomos, las palabras están llenas de partículas internas y se encuentran fisuradas por dentro, contraídas hacia sí y proyectadas hacia el invisible exterior. Contienen, a su vez, poros vacíos, huecos que escapan a la figuración orgánica del cerebro que las agota buscando su significado.
La experiencia poética concreta, con sus condiciones singulares de producción, no puede interesarle a nadie, y sin embargo, nos dirigimos hacia ella para explicarnos por qué cuando se intenta escribir penetramos en el dominio de un ritmo que nos arrastra hacia el silencio. Se escribe un poema, y la mano se despoja de su superficie. Alejados del yo abandonamos el mundo ordinario; el tiempo se suspende para ser lo que nunca hemos sido. La vida se repliega en su propio silencio, se suspende inerme encima de la transitoriedad del solitario escribir. El poema no pertenece, y construido por el silencio, no es de nadie. El poema es. Tal vez esto se relacione con la “necesidad”; la necesidad del cuerpo que pugna por decir y expulsar. El momento de escribir está ligado sobre todo a la capacidad de un autor, ése que se encuentra “implícito” en toda obra, para silenciarse. Silenciar nunca quiere decir callar a secas o perder la lengua en busca de un “sentido correcto”. Silenciar se relaciona con la capacidad de crear respiraderos en la obra, huecos de vacío en las saturaciones, intersticios extasiados por el sentido: espacios en blanco que significan. En suma, esos “recursos del vacío” que Deleuze y Guattari advertían en la “fabulación literaria”.
La presencia del silencio se encuentra en toda figuración discursiva, en toda mirada atenta y en todo lenguaje, pero es la poesía la que da un rango magistral al silencio, porque a través de él, alcanza su paroxismo y revela su epifanía. Fragmentos de un libro futuro de José Ángel Valente, por ejemplo, hace del intersticio poético, del vacío y del silencio un homenaje a la vida a punto de morir. El silencio es, más que el de Dios, el de la muerte. Y se nos devela toda, en el poema, en su “tirada azarosa”, con su rostro lánguido pero “contento”. Para Valente una poética es justamente, “el arte de la composición del silencio” [José Ángel Valente. “Cuatro referentes para una estética contemporánea” p. 113]. De ahí que la poesía mística encare al silencio de una forma impertinente, cifrando en él, la inefabilidad de un ritmo que nunca se alcanza a sí mismo. La muerte restada, sustraída de sí, se hiperboliza. San Juan de la Cruz es incapaz de develar ese encuentro con Dios que sólo se dice, justamente, en lo no-dicho. La muerte ha dejado de existir, o acaso, existe plena como eso que nunca se vive más que en los instantes paroxísticos del encuentro con lo divino y por qué no, del encuentro con la escritura que detiene el tiempo peculiarmente. Aún así no alcanza el lenguaje a develarnos más que una nada inmensa que nos hace asequibles, al fin, los misterios del instante de nuestra muerte; no alcanza el lenguaje lo infinito con las palabras que permanecen imposibles. De ahí la pregunta de Rilke: “¿Quién si yo gritara, me oiría desde las jerarquías de los ángeles?” [Elegía 1. Elegías de Duino]
El silencio se adscribe a esos sentidos por develar. Buscar el sentido en el verso implica atravesar las figuras, los tropos y la incesante cadencia de un ritmo que habla, que grita, que se retuerce en la significación literal del mundo creado en el poema. Es el canto no expresado de las golondrinas que Vicente Huidobro evoca a manera de gritos y balbuceos, creacionándolas en el espacio de su propio silencio. En Altazor, homenaje a la saturación, ya no hay voz, sino tan sólo espacios vacíos que confluyen detrás de las imágenes, que nos hacen escuchar únicamente, lo que las golondrinas no cantan. Es quizá en este punto, donde la relación entre el silencio y la poesía alcanza su clímax, allí donde las imágenes permanecen silenciosas, pero saturadas de sentido. Sería imposible no establecer, por consiguiente, las múltiples conexiones entre la poesía y las artes visuales; allí donde la imagen se sustrae del tiempo cotidiano, para hacer prevalecer la irrupción. José Ángel Valente siempre recalcó todo lo que como “poeta” debía a la pintura; los pintores sobre los que realizó una intensa labor ensayística, siempre tenían relación con todos esos temas que a Valente le resultaban fundamentales como parte de una estética del siglo XX, entre ellos, la problemática de la representación, el espacio de la obra de arte y los conceptos definitorios del arte como un conjunto estructurado.
Cuestionar el silencio en la poesía, implica a su vez preguntarnos por los recursos poéticos que se cuestionan sobre sí mismos. Ya Roland Barthes en 1965 aludía en Crítica y Verdad a la “conciencia del habla” del escritor; desde la cual, orienta su estilística en busca de las posibles claves que develen lo literario y la relación entre lo que se escribe con respecto a la literatura misma. Se extrae de ahí la licencia para preguntarle al lenguaje que ejercemos: ¿de qué está hecho?, ¿qué lo sustenta?, ¿cuál es el tejido que subyace dentro de él? Preguntas que ciertos escritores llevan al límite como Maurice Blanchot con su ontología de la creación literaria. Para la poesía así, se ejerce el imperativo de franquear sus propios límites estilísticos para interpelarse mediante su propia materia ausente e inasible; ese lenguaje silencioso que está acallado por la forma difusa de las palabras sobre el papel. El silencio no es una cualidad, el silencio es el centro, la nuez dentro de la cáscara. La irrupción de la imagen no es tampoco un recurso meramente artificioso, sino una intimidad que irrumpe acallando la multiplicidad, y que dentro de sí, se teje con la filigrana del silencio, del vacío, de la ausencia. En el poema, las imágenes adquieren toda su resonancia intempestiva, justamente, porque se inscriben en esa dinámica del golpe que Walter Benjamin atribuía a la experiencia del “shock” con respecto a la poesía de Baudelaire, pero el silencio no es el del shock, sino el de las correspondencias baudelairenas, aquellas que enraizan silenciosas en el universo, para aparecer intempestivas.
Al respecto, adquiere resonancia la concepción del “devenir” deleuziano, cuando la imagen (el azul de Klein, por ejemplo), suspende el tiempo de la propia obra de arte. Sólo puede haber silencio entonces y, paradójicamente, un silencio que reverbera y murmura. La imagen así se convierte en el vórtice del instante poético. Es posible de esta manera que exista la transmutación: verter la imagen plástica en el papel. De ahí que la imagen en sí misma, la imagen silenciosa, sea también capaz de tejer un poema pues ¿quién no ha pensado en las ventanas abiertas de Tarkovski en Nostalgia, como esa poesía que trasciende las lenguas? Imágenes del silencio, imágenes de sentidos velados que anticipan algo indecible, que suspenden el tiempo de la obra y que en el poema, adquieren toda su fuerza que trasciende su figuración discursiva. Por ello, Blanchot advertía en el poema, el espacio donde se hace más patente la no-presencia, donde: “en el seno de la ausencia todo habla, todo entra en unión espiritual, abierta y no inmóvil, sino centro del eterno movimiento.” [Blanchot. El espacio literario. p. 132]
El ritmo en la poesía no es el ritmo único de las aliteraciones, de la rima, de las consonancias o incluso de la disparidad y del ruido. El ritmo en el poema también compete al silencio, al vacío, a la partícula mínima de lo blanco. Y sin embargo, cabría decir, que no existe el total silencio nunca. Nuestra sordera, en su caso, proviene de la incompetencia ante la lectura de las imágenes. Y es necesario establecer esas correspondencias no develadas del mundo para descubrir sus mágicos gestos. Eso pedía Baudelaire ante los medios comunicativos que nos bombardean de información, pero no nos proporcionan las relaciones ocultas que subyacen en todos los discursos.
La poesía es el espacio donde las cosas se corresponden unas a otras en su armonía musical, en la cual el sonido, pero también su pausa, nos conmina a detener la imagen para despojarnos de lo que somos y convertirnos en extranjeros que advierten un universo de paralelismos revueltos en la disparidad, sorprendentemente interconectada.
El silencio en el poema es proyectivo: de la obra hacia el lector y del lector hacia el conjunto global de toda la literatura. Ese silencio es al que le corresponde una revelación e irradia como un haz de luz. El discurso es interpelado a partir de su sentido y éste contiene los recursos tangibles en el texto, pero también es importante advertir los vacíos y los silencios que subyacen a lo visible y que trascienden la materia formal. La poesía libera al silencio y le construye su habitación: concierto inaudible que invoca un libertario decir, constituido por la posibilidad de callar.
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Ingrid Solana nasceu em Oaxaca (México), em 1980. É poeta, prosadora e ensaísta. Publicou os livros de poemas De Tiranos (2007) e Contramundos (2009). Atualmente, é bolsista da Fundación para las Letras Mexicanas, onde prepara um livro de ensaios sobre literatura.